La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún espectro sobre su conciencia.
—¡No puede negarse que te has portado como un hombre!—exclamó el Marqués.—Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle, suéltelo!
Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo al declarante.
—Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que es un hombre honrado.
—Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor—contestó Gambelle.
—¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?
El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.
—¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?
—Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos que si se hubiera arrojado al mar.
—Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!