Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos. Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que podían salvar, por fortuna suya.

Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y descarnada.

Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje, levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.

—¡Es el señor!—exclamó, presentándose en la portezuela.—¡Señor, una gracia!

El señor lanzó una exclamación de impaciencia.

—¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!

—¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...

—¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo mismo! Que no puede pagar, ¿eh?

—¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!

—¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?