—¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo aquellas míseras hierbas!...
—¿Y bien?
—Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.
—Bueno... ¿y qué?
Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser ablandado.
—¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al sepulcro...
—¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?
—Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...
El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su château.
El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo. Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy corpulentos árboles. Era el château del señor Marqués, en cuya puerta principal le estaba esperando el mayordomo.