—No es probable que llegue esta noche—añadió el Marqués, dirigiéndose al servidor encargado del comedor—pero deja la mesa como está. Dentro de un cuarto de hora me sentaré a cenar.
En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana. Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.
—¿Qué es eso?—preguntó con calma, volviendo la cara hacia las celosías.
—¿Qué, Monseñor?
—Fuera... Abre las celosías.
La orden quedó obedecida en el acto.
—¿Qué hay?
—Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo único que se ve.
—Está bien—dijo su señor, con calma imperturbable.—Vuelve a cerrar.
El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha se aproximaba al castillo.