—¿Supongo que te interesará vivir?
—No puedo decirlo.
—¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla?
Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí.
—¡Espera!—exclamaban unos con voz entrecortada.—¡Moriría si la viera tan de repente!
—¡Llévame en seguida!—contestaban otros, derramando mares de lágrimas.—¡Me muero por verla!
—¡No la conozco!—respondían otros espectros, mirando asombrados a quien les preguntaba.—¡No sé de qué me hablas! No comprendo.
El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le hicieran pasar de lo soñado a lo real.
No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el interrogatorio anterior:
—¿Cuándo te enterraron?