—Hace casi diez y ocho años.

—¿Supongo que te interesará vivir?

—No puedo decirlo.

Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el cristal de la ventanilla.

Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje; mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco y de la tumba.

—¿Cuándo te enterraron?

—Hace casi diez y ocho años.

—¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen?

—Hace muchísimo tiempo.

Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del nuevo día.