—¿Puedo continuar, señor?—preguntó.
Nueva pausa.
—Sí; continúe usted.
—Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette, amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente; la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también, doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos de su corazón!
El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las palabras últimas, y exclamó:
—¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más quiera!
Darnay guardó silencio.
—Perdóneme usted—repuso el doctor al cabo de algunos segundos.—No dudo que usted ama a Lucía...
Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste, preguntó:
—¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?