—Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de dinero. ¿Qué me dices?

—No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?

—Adivínalo.

—¿La conozco?

—Adivínalo.

—No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si quieres que adivine, convídame a comer.

—Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo—dijo Stryver, sentándose perezosamente.—Por supuesto, que no abrigo la más insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente porque eres y has sido siempre un perro insensible.

—En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y poesía—replicó Sydney con acento irónico.

—¡Hombre!...—exclamó Stryver riendo.—No aspiro a pasar plaza de héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que tú.

—Querrás decir más afortunado.