—No; he querido decir más... más...

—Galante: ¿acerté ahora?

—¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las mujeres que tú.

—Adelante—dijo Sydney Carton.

—Ten calma, amigo mío—replicó Stryver, moviendo la cabeza.—Antes de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado de ti, Sydney.

—Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de tu profesión no suelen avergonzarse de nada—replicó Carton.

—No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte, y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente desagradable.

Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.

—¡Mírame a mí!—repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud arrogante.—Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué, pues, consigo siempre hacerme agradable?

—En mi vida vi que te lo hicieras.