—Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.

—Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir. ¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?

Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.

—Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé que los tengas—replicó Stryver un poquito picado.

—Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?

—No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o desagrado—dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la revelación que iba a hacer.—Me consta que no sientes ni la mitad de lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a pronunciar.

—¿Yo?

—Tú, sí; y en esta misma habitación.

Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.

—Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una composición musical obra mía.