Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones, los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la sanmiguelada, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de Nochebuena.

Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.

En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya, tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.

Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry, inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números, perfectamente alineados.

—¡Hola, señor Lorry!—exclamó Stryver al entrar.—¿Cómo está usted? Supongo que tan bien como siempre.

—¡Hola, señor Stryver!—respondió Lorry, estrechando la mano que el abogado le tendía.—Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí, señor Stryver?

—No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.

—¡Oh, las que usted quiera!—contestó Lorry, cerrando el libro y preparándose a oir.

—Voy...—comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa y con tono confidencial,—voy a hacer una proposición matrimonial a su querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.

—¡Demonio!—exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al abogado.