—Mi querida mujercita—contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil escolar delante de su maestro,—no lo pongo en duda... La irritación existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.

—¿Y qué?—replicó la mujer.—Aun cuando así fuera, ¿qué?

—Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo.

—Pero sí la de haber contribuído a él—dijo con energía la tabernera.—Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de tirano no dejaré de...

—¡Calma... calma!—exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín cual si le hubieran acusado de cobarde.—Tampoco yo, querida mía, retrocederé por nada ni por nadie.

—Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos, pero siempre dispuestos.

La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la cama.

La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas!

La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y prendió la rosa en su cabeza.

La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.