—¡Tarda tanto tiempo!—exclamó Defarge.
—¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre lo han exigido la venganza y la justicia!
—No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre—observó Defarge.
—¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes!
Defarge alzó la cabeza, pero no contestó.
—Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto?
—Mucho, supongo—respondió Defarge.
—Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta, queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.
Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un enemigo.
—Yo te aseguro—añadió extendiendo la diestra como para dar mayor expresión a sus palabras—que por mucho que en llegar tarde, está en camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!