—Juan Barsad... Juan Barsad—repitió la tabernera.—Muy bien. ¿Sus señas?
—Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural, expresión siniestra.
—¡Es un retrato acabado a fe mía!—exclamó la señora Defarge riendo.—Lo registraré mañana.
Llegados a la taberna, que encontraron cerrada—eran más de las doce de la noche,—la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto, corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento, fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.
Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas, respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente, le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.
—Estás cansado, amigo mío—dijo su mujer, dirigiéndole una mirada mientras anudaba el dinero.—El olor que aquí se respira es el de todos los días.
—En efecto; estoy cansado—contestó Defarge.
—Y un poco deprimido y descorazonado—repuso la tabernera, cuyos penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían uno o dos rayos para examinar al marido.—¡Ah... los hombres!...
—Pero...
—No hay pero que valga—replicó la señora con entereza.—Repito que esta noche te encuentras descorazonado.