Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto, la señora Defarge preguntó a su marido:
—¿Qué te ha dicho Santiago el policía?
—Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más que a uno.
—Está bien—contestó la tabernera con la calma de siempre.—Habrá que anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?
—Es inglés.
—¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?
—Barsad.
—Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?
—Juan.