La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.
—Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?
—Verdad es, señora.
—Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?
—Así es, señora.
—Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.
XVI.
MÁS PUNTO DE MEDIA
Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués, a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez, de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por ágiles lebreles.
Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas dotadas de inteligencia.
El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge, marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias. Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad íntima, le abrazó.