—¿Y qué hace usted, señora?
—Muchas cosas.
—Por ejemplo...
—Por ejemplo—contestó la tabernera con la calma misma de antes—mortajas.
Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas, y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.
—¡Bravo!—exclamó Defarge cuando terminó el desfile.—Eres un buen muchacho.
Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en sí, pero pronto se tranquilizó.
—Eres el hombre que necesitamos—díjole Defarge pegando los labios a sus oídos.—Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.
—¡Calla!—exclamó el caminero.—¡Pues es verdad!
—Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos. Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño sea, nunca será tan grande como merecen.