Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.
—¿Qué hacemos con ese rústico?—preguntó Santiago Tercero.—¿Lo despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?
—Nada sabe—replicó Defarge,—y lo poco que pudiera decir, únicamente le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto el domingo.
—¡Cómo!—exclamó Santiago Tercero.—¿No te parece mal síntoma que desee ver la realeza y la nobleza?
—Santiago—replicó Defarge,—enseña al gato la leche, si quieres excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en su día caiga sobre ella y la despedace.
Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía como un tronco.
Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan empeñada en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa, que éste andaba desconcertado y receloso.
No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles, le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la media.
—¿Trabaja usted mucho, señora?—dijo un hombre que pasó por su lado.
—Sí—respondió la señora Defarge,—tengo mucho que hacer.