—Con mucho gusto—contestó el peón caminero.
Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se habían levantado y formaban un grupo muy apretado.
—¿Qué dices, Santiago?—preguntó el número uno de este nombre.—¿Lo consignamos en nuestro registro?
—¡Regístralo como condenado a la destrucción!—contestó Defarge.
—¡Magnífico!—exclamó Santiago Tercero.
—¿El castillo y toda la raza?—repuso el primero.
—¡Sí; el castillo y toda la raza!—bramó Defarge—¡Exterminio completo!
—¡Sublime!—gritó el tercer Santiago.
—¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el registro no ha de originarnos ningún contratiempo?—preguntó a Defarge Santiago Primero.—Que es seguro, no ofrece duda, toda vez que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...
—Santiago—replicó Defarge irguiéndose,—si mi mujer se empeña en guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol. Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.