—No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado. También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado. Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será mentira? No lo sé: no soy sabio.
—¡Escucha otra vez, Santiago!—exclamó el tercero de este nombre.—El reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba! Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?
—Treinta y cinco—contestó el caminero, que representaba sesenta.
—¡Demasiados!—murmuró con impaciencia Defarge.—Continúa.
—No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose... envenenando con su sombra las aguas de la fuente.
Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se secaba el sudor de la cara con el gorro azul.
—¡Es horroroso, señores!—repuso.—¿Cómo han de beber agua de la fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia, cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra, señores, que tiene por techo el cielo azul!
El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de algo... que no era ni comida ni bebida.
—He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada. He dicho.
—Está bien—dijo Santiago Primero, después de un silencio imponente.—Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por breve tiempo fuera, en la escalera?