El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:

—Adelante, Santiago.

—La aldea en masa se retira,—prosiguió el caminero, bajando la voz y puesto sobre las puntas de sus pies,—la aldea en masa se congrega en torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos; la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un muerto.

Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías, miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada, es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón, apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste, ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.

—Adelante, Santiago—dice Defarge.

—En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días. La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día, contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni que sí ni que no.

—¡Escucha con atención, Santiago!—interrumpió con duro acento Santiago Primero.—Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo, con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el memorial en la mano.

—¡Escúchame ahora a mí, Santiago!—terció Santiago Tercero, siempre con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.—¡La escolta, de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a golpes! ¿Has entendido?

—He entendido, señores.

—Adelante, pues—dijo Defarge.