—Tiene razón, Santiago—dijo Defarge.—Sigue.
—Pues bien—continuó el peón caminero con aire de misterio.—El hombre alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez, once meses?
—El número de meses es lo que menos viene al caso—contestó Defarge.—Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le encontraron desgraciadamente. Prosigue.
—Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche, cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos atados a los lados... en esta forma.
Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
—Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas. También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante. Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo sitio!
A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la escena a que acababa de aludir.
—Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí. En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de los ojos. «¡Vivo, vivo!»—dijo el jefe de los soldados.—«¡Llevémosle pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados, andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta manera.
El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a caminar a culatazos.
—Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de esta manera: