—¿Por dónde comienzo?

—Puedes comenzar por el principio—respondió con mucha lógica Defarge.

—Le vi, señores—comenzó el peón caminero,—ha hecho un año este verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido de la cadena de esta manera.

El orador representó gráficamente una escena que había representado millares de veces en la aldea durante un año entero.

Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había visto antes al hombre que pendía de la cadena.

—Nunca—contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.

Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no habiéndole visto hasta ese día.

—Le reconocí por su elevada estatura—dijo el peón caminero, puesto el índice de la mano derecha en la nariz.—Cuando aquella noche preguntó el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un espectro».

—Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.

—¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!