Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y trabajaba sin mirar y sin hablar.

—¿Ha terminado ya el almuerzo?—preguntó el tabernero al peón luego que advirtió que no comía.

—Sí; muchas gracias.

—Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía, y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.

Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días sentado en una banqueta y haciendo zapatos.

No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la taberna.

Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media voz:

—¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes hablar, Santiago Quinto.

El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul que en la mano tenía, preguntó: