Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.
Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.
Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador, presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas, de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían salido.
Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar, avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal. Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.
Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero todos clavaron en ellos los ojos.
—¡Buenos días!—contestó un coro nutrido.
—Mal tiempo, señores—repuso Defarge, moviendo la cabeza.
Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por excepción, se levantó de su asiento y se fué.
—Mi querida esposa—continuó Defarge,—he recorrido una porción de leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!
Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la taberna.