—Y con una perfección que encanta.

—¿Lo cree usted así?

—Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...?

—Pasatiempo... un medio de distracción—contestó la tabernera mirando a su interlocutor con la sonrisa en los labios.

—¿No piensa hacer uso de ella?

—Según. Quizá llegue día en que las use—dijo la tabernera con cierta coquetería.—Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien.

Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró miraba con cien ojos.

—¡Juan!—pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los ojos en el cliente.—A poco más que continúes aquí, escribiré Barsad en tus mismas barbas.

—¿Es usted casada, señora?

—Sí.