—¿Con hijos?

—Sin hijos.

—Y los negocios, ¿bien?

—Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...

—¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas vergonzosamente!... como dice usted.

—Como dice usted—rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez los dedos y añadiendo algo al apellido Barsad.

—Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.

—¿Que yo lo pienso?—replicó la tabernera.—Nos ocasiona a mi marido y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!

El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.

—La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora. ¡Pobre Gaspard!—exclamó, exhalando un suspiro.