—No estamos de acuerdo—replicó la tabernera con frialdad.—Justo es que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.
—Creo—añadió el espía bajando la voz y como invitando a su interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,—creo que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo encuentro justificado.
—¿Pero existe ese furor?
—¿No lo ha observado usted?
—Aquí está mi marido—dijo la señora Defarge.
No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:
—Buenos días, Santiago.
Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.
—Se equivoca usted, señor mío.—Me confunde usted con otro. No me llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.
—Es igual—repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin poder ocultar del todo su contrariedad.—El nombre es lo de menos. Buenos días.