—Buenos días—contestó secamente Defarge.
—Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira... tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra los que inhumanamente lo han sacrificado.
—A nadie he oído decir semejante cosa—replicó Defarge.—No sé una palabra.
Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor placer.
El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido, tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac. Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo media con gran ardor y tarareando una tonadilla.
—Parece que conoce usted bien el barrio—observó Defarge;—quiero decir, que lo conoce mejor que yo.
—No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.
—¡Ah!—exclamó Defarge.
—El placer de conversar con usted, señor Defarge—prosiguió el espía—me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.
—¡De veras!—dijo Defarge con indiferencia.