—Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette, hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.

—Es verdad: tiene usted razón—contestó.

Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las preguntas del espía, pero con brevedad.

—Se presentó a usted la hija del doctor—continuó el espía.—Vino en compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.

—Así fué, en efecto—repitió Defarge.

—Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes—repuso el espía.—He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.

—¿Sí?—preguntó Defarge.

—¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?—preguntó el espía.

—No—respondió Defarge.

—Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos—terció la señora del tabernero.—Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra correspondencia.