—Es lo que suele ocurrir—observó el espía.—La hija está para casarse.
—¿Está para casarse?—repitió la señora Defarge.—Es bastante hermosa para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!
—¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?
—Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de la misma nacionalidad que su lengua.
El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía, aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y repuso:
—Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.
La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable. Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse, temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.
Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad, que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento. Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera sobre sus pasos.
—¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita Manette?—preguntó Defarge en voz baja.
—Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser verdad—respondió la mujer.