—Si lo es...

Defarge no terminó su pensamiento.

—¿Qué?—preguntó la mujer.

—Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de Francia a su marido.

—El destino de su marido le llevará a donde deba ir—respondió con calma glacial la tabernera—y le conducirá al fin que le está destinado. Es lo único que puedo decirte.

—Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?

—Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día—respondió la señora Defarge.—A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.

Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse, y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado la animación de costumbre.

Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo... especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos habrían sentido más los rigores del hambre.

A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y la actividad de los pensamientos se centuplicaba.