Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la compañera de su vida con admiración.
—¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer sublime!—murmuraba.
Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado... omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas que una tras otra caían.
XVII.
UNA NOCHE
Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que cernían las hojas.
Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.
—¿Eres feliz, padre querido?
—Completamente, hija mía.
Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes, era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.