—También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun así...

Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.

A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre, y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido, iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.

—¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el fondo de tu corazón?

—¡Completa, absolutamente convencido!—respondió el padre con acento de firme convicción.—¡Más aún, hija mía!—añadió, besándola.—Mi futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.

—¡Si pudiera creerte, padre mío...!

—Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran desgraciada...!

La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:

—Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas... por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso comprendas mis palabras.