De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo Lorry con muestras de vivo interés:

—Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso... quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre natural y lógico.

El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia.

—Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette—repuso Lorry—a un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi querido Manette.

—Si no entiendo mal—contestó el doctor en voz muy baja,—se trata de un sacudimiento mental...

—¡Eso es!

—Hábleme con claridad y sin omitir detalle—dijo el doctor.

Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así:

—Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu... eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar, pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar... según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña recaída.

El doctor preguntó anhelante: