—Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida mía?

—Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo he visto sangrando.

—Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis desconsideraciones—dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras de su mujer le produjeron.—No fué mi intención tratarle injustamente.

—Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de buenas acciones, más, de acciones magnánimas.

Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como extasiado contemplándola.

—¡Compláceme, amor mío!—exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.—¡Reflexiona cuán inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria!

La súplica dió en el blanco.

—¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me dure la vida!

Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro, acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus brazos.

Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte: