Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto menosprecio.

Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación.

—Te encuentro pensativa esta noche—dijo Carlos, pasando su brazo al rededor de su cintura...

—Lo estoy, mi querido Carlos—contestó Lucía, mirándole de frente,—estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento que me molesta.

—¿Y qué es, Lucía mía?

—¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo desee?

—¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor?

—Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y más respeto del que tú le has expresado esta noche.

—¿De veras? ¿Y por qué?

—Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más... en que me consta que lo merece.