—Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo, menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su contestación.
—Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.
—Prefiero formar opinión sin su auxilio.
—Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de nada bueno, ahora y siempre.
—No estamos de acuerdo, amigo mío.
—Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría anormal, si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso.
—¿Hará usted lo posible por abusar?
—Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que solicito, Darnay?
—Autorizado, Carton.
Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto después, Carton era el hombre extravagante de siempre.