Carlos Darnay le rogó que se explicase.

—¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que hacerla comprensible a los demás!—respondió Carton.—Probaré, sin embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba yo más borracho que de ordinario?

—Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que había bebido.

—No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.

—¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.

—Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que considere como no pronunciadas mis palabras.

—Las he olvidado hace mucho tiempo.

—¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a hacérmela olvidar.

—Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone—replicó Darnay.—Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni debe olvidar?

—Me pone usted en el caso de decirle—respondió Carton—que ese gran servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que, cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte. Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de cosas pasadas.