La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato, dijo:
—En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en tiempos pasados.
Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su marido.
No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa, penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo. Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero, mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi aspecto, cómplices de un crimen horrendo.
XX.
UNA SÚPLICA
La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.
Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación llegara a oídos de ninguno de los presentes.
—Deseo que seamos amigos, señor Darnay—comenzó diciendo Carton.
—Me parece que lo somos ya—contestó Darnay.
—Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad convencional. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra clase de amistad.