No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el deber de afrontarlo.
—Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio de... cerrajero—dijo Lorry, con vacilación manifiesta.—Sí; eso es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado?
El doctor se pasó la mano por la frente.
—La tiene constantemente a su vista—repuso Lorry, mirando con ansiedad a su amigo.—¿No le parece que sería preferible que no volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?
El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.
—¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?—insistió Lorry.—A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual, creo que...
—Comprenda usted—contestó el doctor Manette volviéndose hacia su interlocutor—que es sumamente difícil explicar con sujeción a las reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su hijo.
—No estamos de acuerdo—replicó Lorry.—Sé que no soy autoridad en la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas, chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo? En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua?
—Comprenda usted también—contestó el doctor al cabo de otro rato de silencio y con voz trémula—que se trata de un compañero antiguo.
—¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!—replicó Lorry con gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que la perdía el doctor.—¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización. Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de mi amigo...!