—Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo—respondió el doctor alargándole la mano.
—Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que trabaja con exceso?
—Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya hecho el descubrimiento a que me refiero.
—¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es excesiva?
—La tengo; sí.
—Pero si le venciera el exceso de trabajo...
—Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el equilibrio.
—Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no habrá peligro de que se repita?
—No lo creo... no puedo creerlo—contestó con acento de convicción profunda el doctor Manette.—Solamente la exacerbación de una clase determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma. Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos.
Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir impávida los huracanes de la vida.