—¿A qué causa atribuye usted la recaída?
—A mi juicio—respondió el doctor Manette,—ha sobrevenido un despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado... En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención.... las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para soportarlo!
—¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la recaída?—preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos.
Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y contestó con voz más baja que nunca:
—¡Absolutamente nada!
—Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir.
—El porvenir—contestó con energía el doctor—me inspira grandes esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos para creer que ha pasado lo peor.
—¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan... ¡Gracias!—exclamó Lorry.
—¡Gracias!—repitió el doctor, doblando la cabeza.
—Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese. ¿Puedo continuar?