—¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!—exclamó el doctor estrechando efusivamente la mano de Lorry.
Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos momentos.
—Soy hombre de negocios, mi querido Manette—dijo Lorry poniendo fin al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,—y, por tanto, profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted. Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia, pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser útil a mi amigo.
El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas meditaciones. Lorry esperó con calma.
—Me parece muy probable—dijo el doctor al cabo de un rato—que la recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que fué su víctima.
—¿Acaso prevista y temida?—se atrevió a preguntar Lorry.
—Temida, sí—exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.—No es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto que le oprime.
—¿Y no cedería esa opresión—preguntó Lorry—si se resolviera a confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?
—Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.
Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura: