Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros, por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada. También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme, más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales, aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba sus cabezas.
Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:
—Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres pedazos de pan, Darnay.
Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan, alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver, que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.
Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor, siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era posible, de casada, que cuando era soltera.
También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en Francia.
Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve, se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo desde aquella misma ventana.
—Principio a pensar—dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su peluquín—que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada! ¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha acometido de pronto!
—Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo—observó Darnay.
—¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador, seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson estamos muchos que somos ya viejos.