—Sin embargo—objetó Darnay,—sabe usted perfectamente que hay cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes amenazando tormenta.

—Lo sé... claro que lo sé—contestó Lorry, intentando persuadirse a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y descontento;—tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está Manette?

—Aquí hay un pedazo—contestó el doctor, entrando en aquel momento en la estancia.

—Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no pensará usted salir, eh?

—No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.

—Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted. ¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras y, como no soy gato, nada veo.

—Aquí está, esperándole a usted.

—Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?

—Durmiendo como un tronco.

—¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora, déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.