—No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.

—Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos—replicó Lorry. Son numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que prestar atención!


Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta el tranquilo rincón de Soho de Londres.

Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.

De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes, cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera, cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que no pidiera a gritos sacrificarla.

Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes, daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.

—¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!—bramaba Defarge.—¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?

—¡Aquí estoy!—contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero sin hacer calceta.

La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.