—¿Por dónde andas, mujercita mía?—preguntó Defarge.
—En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las mujeres—respondió la tabernera.
—¡Adelante, pues!—gritó Defarge con voz de trueno.—¡Patriotas...! ¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!
Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma, tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.
Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra, ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa! Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.
Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante, Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya enrojecido!
«¡A mí, todas las mujeres!—gritaba mientras tanto su esposa.—¡Pues qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga en nuestro poder la plaza?»
Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la venganza!
Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres. Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar. Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier, suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio no interrumpido!
Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.