Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría, estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de tambores.

—¡Los prisioneros!

—¡Los registros!

—¡Los instrumentos de suplicio!

—¡Los prisioneros!

De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!». Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:

—¡Enséñame la torre del Norte... pronto!

—Lo haré con mucho gusto, si usted quiere—contestó el hombre—pero no hay en ella nadie.

—¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?—preguntó Defarge—¡Contesta... pronto!

—¿Que qué significa, señor?