—¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos? ¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?

—¡Mátale!—vociferó Santiago Tercero.

—Es una celda, señor.

—Enséñamela.

—Por aquí, señor.

Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera cual inconmensurables látigos manejados por titanes.

Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos, atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba; pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos, cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.

Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave, abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos. En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro, a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.